Soy un gato (Natsume Söseki)

En este post quiero contarte acerca de mi experiencia con “Soy un gato”. Natsume Söseki es mi escritor favorito y podés leer una breve introducción sobre él en otro post que escribí.

Soy un gato ó Wagahai wa neko de aru (en japonés: 吾輩は猫である) fue escrita entre 1905 y 1906. Vale aclarar que fue originalmente publicado en formato de “gacetilla”, en diez entregas, por lo que la historia cuenta con varios “arcos” bien definidos que son casi independientes entre sí.

La novela está narrada, como anticipa su título, desde la perspectiva de un gato. Un gato que no tiene nombre porque sus dueños nunca le han dado uno.

Esta novela fue la primera obra publicada de Söseki y es junto a Kokoro uno de sus libros más reconocidos, tanto en Japón como mundialmente.

La historia se centra en la vida de un profesor de inglés de nivel medio a quien el gato se refiere como sensei. Tanto el sensei, como su mujer y su reducido círculo de amigos, retratan el estilo de vida de la clase media tokyota de principios del siglo XX.

Debido a la pretensión filosófica-literaria de los personajes principales (tanto del sensei como de su círculo de amigos), la novela aborda algunos temas filosóficos y existenciales, pero lo hace con soltura y humor, como sólo la maestría literaria de Söseki podría exponer.

Soy un gato es uno de mis libros favoritos y lo recomiendo por su excelente representación del estilo de vida japonés de principios de siglo XX, así como por la profundidad de la caracterización de los personajes y la sutileza de su humor.

Yo leí el libro en español con traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Mis ediciones favoritas de los libros de Söseki en español son de la editorial “Impedimenta”. Además de tener excelentes traducciones, las ediciones son realmente hermosas.

Termino esta entrada dejándote un extracto del libro que para mí representa a la perfección la personalidad del sensei así como el humor inigualable de Söseki.

Si bien es un texto bastante extenso, me encanta compartirlo porque creo que es una justa representación de muchas actitudes individualistas y vanidosas que retratan los personajes a lo largo del libro bajo la mirada del gato narrador.

Dos de los amigos del sensei, Kangetsu y Meitei, estaban en su casa compartiendo algunas anécdotas que los habían hecho plantearse lo efímero de la vida. Así, el sensei también quiso contar una historia propia.

— Debió de ocurrir alrededor del día veinte. Mi mujer me había pedido unos días antes que la llevara al teatro como regalo de Año Nuevo. No podía negarme, naturalmente, y le pregunté por el programa. Miró el periódico y vio que aquel día representaban Unagidani. “Mejor no vamos hoy. No me gusta esa obra”, le dije. Así que ese día no fuimos. Al día siguiente mi mujer vino de nuevo con el periódico y dijo: “Hoy representan El hombre mono de Hirakawa, esa seguro que te apetece”. Pero yo le dije: “Mejor no. Creo que esa obra es muy frívola. Y además, se representa sólo con el shamisen. No me apetece tirarme toda la tarde escuchando una mandolina. Para mí no tiene sentido”. Mi mujer se marchó entonces. Se la veía bastante decepcionada. Al día siguiente volvió a insistir: “Querido, en el programa de hoy está prevista la representación de El templo de los treinta y tres pilares. Seguro que te parecerá tan poco conveniente, o tan poco interesante como todas las demás. Pero se trata de mí, así que al menos deberías ser capaz de acompañarme”. Le respondí: “Si quieres ir tan desesperadamente, no te preocupes, iremos. Pero como la obra se ha anunciado en todas partes y no hemos reservado con antelación, es probable que el teatro esté lleno y no sea posible entrar. Para empezar, y con el fin de lograr el objetivo deseado, creo que es necesario establecer un procedimiento de actuación. Hay que ir a la sala de té del teatro y negociar la reserva de un par de asientos. Si no lo haces así, es virtualmente imposible ir al teatro en esta ciudad. No puedes alegremente saltarte el método, así de simple. Así que lo siento, querida, pero hoy tampoco podemos ir”. Mi mujer me miró iracunda: “Vaya. Así que como sólo soy una mujer, y debo de ser tonta, además, crees que no seré capaz de comprender lo complicado que es adquirir una entrada para el teatro. Pero has de saber que la madre de Ohara y Kimiyo Suzuki han conseguido entrada sin todas esas formalidades de las que tú hablas, y les ha resultado bastante fácil. Tú eres un maestro de escuela y seguro que no tienes que complicar las cosas hasta ese extremo sólo por ir al teatro. ¡Eres sencillamente insoportable…!”, y rompió a llorar. Me rendí: “De acuerdo. Iremos al teatro, aunque luego no me eches la culpa cuando no podamos entrar. Cenaremos pronto y cogeremos el tranvía”. De pronto, se animó: “De acuerdo, pero si vamos tenemos que llegar antes de las cuatro. No podemos entretenernos”. Cuando le pregunté porqué teníamos que estar allí antes de las cuatro, me dijo que así se lo había dicho Kimiyo. Si llegábamos más tarde era muy probable que los asientos estuvieran ya ocupados. Yo insistí: “O sea, que si llegamos después de las cuatro ya no habrá asientos”. “No podemos llegar tarde”, zanjó ella. Fue entonces cuando empezaron los escalofríos.

— ¿Escalofríos? ¿Su mujer empezó a sentir escalofríos? – preguntó Kangetsu alarmado.

— No, imbécil. Mi mujer no. Ella estaba tremendamente contenta. Fui yo quien empezó a sentirse como un balón hinchado. Casi no podía moverme.

— Una enfermedad súbita – señaló Meitei.

— Es terrible. ¿Qué podía hacer? Quería satisfacer los deseos de mi mujer. Era lo único que me había pedido en todo el año. Yo no hacía más que reprenderla, despreciarla con mis silencios, o enfadarme con ella por los gastos de la casa, o insistirla en que tuviera más cuidado en la educación de las niñas. Hasta ese día nunca le había recompensado por todos sus esfuerzos en la vida doméstica. Pero en ese momento, por suerte, tenía tiempo y dinero para que pudiéramos darnos un capricho. Podía sacarla de vez en cuando por ahí. Quería hacer feliz a mi mujer. Pero cuanto más me convencía de que debíamos salir, más escalofríos me entraban. No podía ni siquiera dar un paso para llegar a la escalera de casa. ¡Cómo para pensar en subir al tranvía! Cuanta más pena sentía por ella, más aumentaban los escalofríos y peor me encontraba. Pensé que si llamaba al médico y me recetaba algún medicamento, quizás podría recuperarme antes de las cuatro. Lo hablé con mi mujer y mandamos a buscar al doctor Amaki. Por desgracia, había estado de guardia nocturna en el hospital de la universidad y todavía no había vuelto. Sin embargo, nos aseguraron que sobre las dos estaría de vuelta y tan pronto como llegase, vendría a casa a visitarme. ¡Qué molestia! Si al menos hubiera podido tomar algún tipo de sedante, seguramente me habría curado antes de las cuatro. Pero cuando las cosas se ponen feas, nada sale como debería. Y allí estaba yo, postrado, enfermo, justo en el preciso momento en que me había decidido a hacer feliz a mi mujer y compartir con ella mi alegría. Parecía que, lamentablemente, no podría cumplir sus expectativas. Mi mujer me miró con cara de reproche y me preguntó si realmente quería ir al teatro. “Iré. Seguro que iré, no te preocupes. Estoy seguro que a las cuatro ya estaré bien. Lávate, ponte tus mejores galas y espérame”. Los escalofríos se recrudecieron. Cada vez estaba más mareado. Aquello iba de mal en peor. A menos que me recuperase para las cuatro y cumpliese la promesa dada, no sabía que podía pasar con mi mujer. Ya sabéis el carácter que tiene. Mal asunto. ¿Qué podía hacer? Estaba seguro de que ocurriría lo peor, y empecé a pensar en mi deber de marido para explicar a mi mujer, ahora que todavía estaba en plena posesión de mis facultades mentales, las pavorosas verdades concernientes a la mortalidad y a las vicisitudes de la vida. Por si sucedía lo peor, ella debía estar preparada para superar el trance y sobreponerse a su aflicción. La llamé inmediatamente a mi estudio y le dije: “Querida, a pesar de que seas una mujer, y de que seas tan simple, quiero compartir contigo un refrán que suelen repetir en occidente en situaciones de aflicción como estas: Many a slip twist the cup and the lip“. Se puso furiosa. “¿Cómo pretendes que entienda lo que dices si sabes perfectamente que no hablo ni una palabra de inglés? Tú lo que estás intentando es volverme loca. Vale, no hablo inglés. Pero si tanto te gusta ese idioma, ¿por qué diablos no te has casado con una de esas chicas de la Escuela Cristiana? Nunca he conocido a nadie, a nadie tan cruel como tú”. A la vista de aquella reacción tan extemporánea, mis amables sentimientos, mi ansiedad de marido que lo único que quiere es preparar a su esposa para lo peor, se vinieron abajo. Me gustaría que entendieseis que no utilicé el inglés con malicia. Las palabras salieron solas de mis labios, como una muestra de amor a mi mujer. Por tanto, su errónea interpretación de los motivos que me impulsaban a hablarle así, hizo que me embargara un sentimiento de desamparo. Además, tenía la mente confusa por culpa de los escalofríos y del mareo, y estaba destrozado por los esfuerzos de intentar explicarle la verdad sobre la muerte y la naturaleza de las vicisitudes de la vida. Esa fue la razón por la cual, de manera inconsciente y olvidando que mi mujer no hablaba inglés, le solté aquel refrán para darme cuenta, casi inmediatamente, de que me había equivocado. Fue culpa mía, lo reconozco. Como resultado de mi error, los escalofríos intensificaron su violencia y el mareo aumentó de manera vertiginosa. Mi mujer siguió mis indicaciones y fue al cuarto de baño a arreglarse. Se puso su mejor kimono, que tenía guardado primorosamente en el armario. Su actitud evidenciaba que estaba lista para salir, así que sólo quedaba que yo lo estuviese también. Empecé a sudar copiosamente. Miré el reloj deseando que apareciese el doctor Amaki. Vi que eran las tres en punto. Sólo faltaba una hora para que nos tuviéramos que ir. Mi mujer abrió las puertas correderas del estudio y preguntó si nos podíamos ir  ya. Puede parecer tonto que uno diga esto de su propia mujer, pero en ese momento me pareció una belleza. Su piel, lavada con jabón, brillaba en maravilloso contraste con la oscuridad de su kimono. Su cara refulgía tanto interna como externamente, debido en parte a la acción del jabón, y en parte a la ilusión que tenía por ver a su compañía teatral favorita. Pensé que debía ir pasara lo que pasara para satisfacerla. “Está bien, quizás deba hacer ese terrible esfuerzo y salir”, pensaba mientras encendía un cigarro. En estas llegó el doctor Amaki. ¡Estupendo! Cuando uno se lo propone, las cosas se enderezan. El doctor me hizo un examen en profundidad. Observó mi lengua, me tomó el pulso, golpeó mi pecho y mi espalda, me dio la vuelta a los párpados, me palpó el cráneo y, finalmente, se quedó pensativo durante un instante. Le dije: “Me da la impresión de que es algo malo”, pero él contestó: “No creo que sea nada serio”. “Imagino que no pasará nada porque salga un rato”, sugirió mi mujer. “Déjeme ver…”, el doctor Amaki volvió a sumergirse en las profundidades de su pensamientos sólo para volver y decir: “Bueno. Si no se siente mal…”. “Pero es que me siento fatal“, repliqué. “En ese caso le daré un sedante y un jarabe”, dijo. “¡Oh, sí, por favor! Se trata de algo grave, ¿verdad doctor?”, insistí. “No, no. Para nada. No hay nada de qué preocuparse. No debe ponerse nervioso.” Y dicho esto se marchó. Ya eran las tres y media. Enviamos a la criada a por las medicinas. De acuerdo con las instrucciones de mi mujer no sólo debía correr mientras iba a la farmacia, sino que debía volver a casa volando. Ya eran las cuatro menos cuarto. Eso significaba que sólo quedaban quince minutos para nuestra partida. De pronto empecé a sentirme peor. Sucedió de forma totalmente repentina. Mi mujer disolvió la medicina en una taza y la puso delante de mí, pero tan pronto como pretendía tomarla, noté que algo extraño se resolvía en mis entrañas. “Vamos, bébetelo. Rápido”, me urgía mi mujer. En efecto, debía tomármelo rápido y salir igual de rápido. Reuniendo todo mi coraje, me acerqué la taza a los labios e intenté beber, pero de pronto un enorme retortijón separó la medicina de mí. En este proceso de acercarme la taza para beber y verme forzado a desistir una y otra vez, dieron las cuatro en punto. No podía demorarme más y levanté la taza una última vez. Sabéis, en ese momento sucedió algo verdaderamente extraño. Diría que una de las cosas más inexplicables de mi vida. Tan pronto como sonó la cuarta campanada del reloj, la dolencia desapareció y pude al fin tomarme la medicina sin mayor problema. Y alrededor de las cuatro y diez los escalofríos y el mareo desaparecieron. Aquí debo añadir que fue en ese momento cuando me di cuenta del gran científico que tenemos en el doctor Amaki. Hasta ese momento había pensado que la enfermedad duraría días, pero para mi sorpresa me di cuenta que me había curado totalmente.

— ¿Y al final fueron al teatro? – preguntó Meitei con cara de no pillar del todo el hilo de la historia.

— Queríamos haber ido, pero ya sabéis: mi mujer decía que ya eran las cuatro y que no cualquiera encontraba sitio libre a aquellas horas. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Al final nos quedamos en casa. Si el doctor Amaki hubiese venido sólo quince minutos antes, podría haber mantenido mi promesa. ¡Fue justo por quince minutos! Estaba angustiado. Incluso ahora, cuando pienso en lo estrecho de aquel margen de tiempo, vuelvo a angustiarme sin remisión.

El maestro una vez concluyó su mezquina historia, se las arregló para aparentar ser una persona que había cumplido con su obligación. Me imagino que en el fondo nada le diferenciaba de los otros dos.

Sobre el Escritor: Natsume Söseki

Natsume Sōseki (1867 – 1916) es el seudónimo literario de Natsume Kinnosuke (夏目 金之助 ), fue un novelista japonés, profesor de literatura inglesa, escritor de haikus y de poesía china. Sus obras más conocidas son Kokoro, Soy un gato, Botchan y Sanshiro.

Sōseki fue uno de los escritores más importantes de Japón y es de lectura obligatoria en la escuela secundaria. Es el autor que mejor plasmó en su obra la inestabilidad que provocó en la sociedad japonesa, y particularmente entre los intelectuales, la apertura de Japón a Occidente durante la restauración Meiji.

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